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RELATO DE FICCIÓN

El vecino del 4B

Todas las noches se oye un arrastre en el departamento de arriba. Cuando Paula toca la puerta, la explicación no se parece a sus sospechas.

4 min de lecturaHistoria original
Una vecina en la puerta verde 4B observa a un hombre que se apoya en una silla.
Ilustración original para «El vecino del 4B».

El ruido empezaba a las diez y cuarto: tres golpes suaves, un arrastre y un silencio largo. Paula lo escuchaba desde la mesa donde corregía tareas. Al principio creyó que el vecino del 4B movía muebles. Después imaginó un taller clandestino. La tercera semana escribió una queja en el grupo del edificio y recibió once respuestas, todas con teorías distintas y ninguna con el nombre del vecino.

Paula llevaba poco tiempo viviendo allí. Trabajaba en una escuela y llegaba a casa con suficiente cansancio para no querer conversaciones difíciles. El vecino, según la portera, se llamaba Andrés. Había alquilado el departamento en enero y casi no recibía visitas. Ese detalle, que no explicaba nada, empezó a parecer sospechoso cuando lo repitieron tres personas. Paula se descubrió mirando el ascensor cada vez que alguien entraba con una bolsa grande.

El viernes vio a Andrés bajar una caja larga envuelta en una sábana. Tenía la frente húmeda y una mano lastimada. Él sostuvo la puerta para que ella pasara, pero Paula retrocedió y fingió buscar algo en el bolso. Por la noche el ruido duró más. Subió el volumen de la radio, lo bajó y finalmente decidió tocar. Antes de salir, escribió a su hermana para contarle que iba al piso de arriba.

Andrés abrió con una rodillera azul y un lápiz detrás de la oreja. Al escuchar la queja se tapó la cara con una mano. «Pensé que no se oía», dijo. Detrás de él, Paula vio una silla, una cinta de colores en el suelo y una barra de madera apoyada contra la pared. No había máquinas ni muebles a medio hacer. Solo un recorrido estrecho entre la cocina y una ventana.

El ruido lo hacía la silla cuando Andrés la acercaba para descansar. Había sufrido un accidente y practicaba los ejercicios que le habían indicado después del trabajo. Llegaba tarde porque el trayecto desde la oficina le tomaba el doble que antes. La caja envuelta en la sábana era una rampa que estaba devolviendo: no cabía en el pequeño descanso de la escalera. La herida de la mano venía de intentar ajustarla sin ayuda.

Paula sintió alivio y, enseguida, una vergüenza que le calentó la cara. No se disculpó contando todas las historias que habían inventado; eso solo le habría pasado a él el peso de escucharlas. Le dijo que lamentaba no haber preguntado antes. Andrés respondió que podía cambiar el horario. Ella miró la silla y propuso primero ponerle protectores a las patas. Tenía unos sobrantes de su propia mudanza.

Bajó a buscarlos y volvió con un paquete cerrado. No se ofreció a dirigir los ejercicios ni le preguntó detalles del accidente. Mientras él pegaba los protectores, Paula sostuvo la silla. Hablaron de las ventanas que no cerraban y del ascensor, demasiado estrecho para girar con bolsas. Andrés mencionó que la reunión del edificio sería el martes, pero que no pensaba asistir. Las últimas dos veces se había celebrado en un entrepiso sin acceso sencillo.

El martes, Paula pidió llevar las sillas al vestíbulo. Un vecino dijo que allí hacía corriente. Otro preguntó por qué cambiar una costumbre de tantos años. Ella señaló que en la planta baja podían participar todos. No mencionó el accidente ni el departamento 4B. Andrés llegó cuando ya discutían la pintura de la fachada, se sentó cerca de la puerta y aportó una idea para arreglar el timbre que nadie había considerado.

El grupo del edificio no se convirtió de pronto en una comunidad perfecta. Siguieron las quejas por bolsas de basura y mascotas. Paula, sin embargo, escribió una corrección a su primer mensaje: el ruido tenía solución y ya lo habían hablado. Cuando alguien intentó convertir la respuesta en otra conversación sobre el vecino, ella no añadió detalles. Había aprendido que aclarar una sospecha no daba derecho a publicar la vida ajena.

Dos semanas después, Andrés tocó su puerta con el paquete de protectores sobrantes. El piso de arriba llevaba varios días en silencio. Paula le ofreció café y él preguntó si podía sentarse junto a la ventana. Mientras buscaba dos tazas, ella escuchó tres golpes suaves en el techo. Era la vecina del quinto, colgando un cuadro. Por primera vez no trató de construir una historia con aquel sonido.

Este relato es una obra de ficción. Sus personajes y situaciones son imaginarios.