El mensaje sin remitente
Un mensaje aparece en el teléfono de Gabriel con una hora y una dirección. La respuesta no vendrá de un desconocido, sino de alguien que conoce demasiado bien.

El mensaje apareció a las ocho y doce, mientras Gabriel esperaba que hirviera el agua. «Hoy, a las seis. Calle Olivo 18. No vuelvas a decir que no tuviste tiempo». No había nombre ni número visible. Solo un pequeño símbolo de calendario. Gabriel leyó la frase dos veces y sintió un golpe de miedo. Hacía meses que recibía avisos de deudas ajenas en su línea nueva. Esta vez parecía algo personal.
No respondió. Revisó la configuración y descubrió que no era un mensaje de texto, sino una notificación de una aplicación que había dejado de usar. La cita estaba guardada en un calendario antiguo, sincronizado al cambiar de teléfono. Eso no lo tranquilizó mucho. Había compartido calendarios con una pareja y con dos trabajos distintos. No quería presentarse en ninguna dirección sin saber quién lo esperaba.
Durante la mañana buscó en sus correos. La calle Olivo no aparecía. Al mediodía llamó a su hermana, que reconoció de inmediato el tono de la frase. «Eso lo escribirías tú», dijo. Gabriel se molestó porque probablemente era cierto. Siempre había sido más exigente consigo mismo que con los demás. Su hermana preguntó qué había querido hacer un año antes. Él respondió que demasiadas cosas, y ninguno supo continuar.
La dirección correspondía a una pequeña biblioteca con un taller de encuadernación. Gabriel abrió las fotografías del lugar y recordó unas manos reparando un libro rojo. Había asistido a una clase abierta después de perder su trabajo. Le había gustado el olor del papel y la paciencia del profesor. Esa noche, al volver, se había prometido regresar cuando encontrara estabilidad. Luego consiguió un empleo nuevo y dejó de pensar en cuadernos.
Llamó a la biblioteca para preguntar si había un curso a las seis. La encargada confirmó que empezaba un grupo, pero no encontró su nombre entre los inscritos. Gabriel dio las gracias y se dispuso a cerrar el calendario. Entonces vio un archivo adjunto en la cita. Era una grabación de veintitrés segundos. Pulsó el botón y escuchó su propia voz, más cansada de lo que recordaba.
«Si ya tienes trabajo, no uses el trabajo como excusa. Si todavía no tienes, no uses la vergüenza. Ve a preguntar. No hace falta que sepas hacerlo». Gabriel dejó el teléfono sobre la mesa. Había olvidado aquella grabación por completo. La había hecho un año antes, sentado en una banca, con la idea ingenua de que su versión futura sería más valiente. Ahora esa versión futura estaba buscando una razón razonable para no ir.
A las cinco y media salió de la oficina. No inventó una urgencia: dijo que tenía un asunto personal y terminó lo imprescindible antes de irse. Llegó a la biblioteca con diez minutos de sobra. El profesor lo reconoció por el libro rojo que había llevado la primera vez. No podía sumarlo al curso, explicó, porque todos los lugares estaban ocupados. Gabriel sintió la tentación de tomar ese límite como una señal para volver a casa.
En cambio, preguntó si podía anotarse para el siguiente grupo. Mientras llenaba la ficha, una mujer se acercó para cancelar su inscripción: cuidaría a su nieto ese mes. La encargada comprobó la lista de espera y llamó a dos personas antes de ofrecerle el lugar. Gabriel esperó sin reclamar. Cuando por fin se sentó frente a un montón de hojas, ya había aceptado tanto la posibilidad de empezar como la de volver otro día.
Su primer cuaderno quedó torcido. El hilo se veía en el lomo y una esquina sobresalía más que las otras. El profesor le mostró dónde ajustar la presión, pero no lo arregló por él. Gabriel trabajó hasta que la biblioteca cerró. Al salir compró una empanada y mandó a su hermana una foto del resultado. Ella contestó que parecía hecho a mano, y él se rio porque, por una vez, eso era exactamente lo que quería.
En casa abrió el calendario y creó una cita para la semana siguiente. Escribió el nombre del taller, la hora y lo que debía llevar. No añadió amenazas ni promesas de convertirse en otra persona. Antes de guardar la notificación antigua, escuchó una vez más la grabación. Luego respondió en una nota, aunque nadie fuera a recibirla: «Fui. No sabía hacerlo. Me quedé».
Este relato es una obra de ficción. Sus personajes y situaciones son imaginarios.

