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RELATO DE FICCIÓN

La llamada de las siete

Cada jueves, Elena deja sonar el teléfono. El día que decide contestar descubre que todavía puede cambiar la conversación.

4 min de lecturaHistoria original
Una mujer se acerca a un teléfono coral junto a un libro abierto, al atardecer.
Ilustración original para «La llamada de las siete».

El jueves, a las siete en punto, sonó el teléfono de la cocina. Elena lo miró desde la puerta, esperó seis timbres y siguió preparando la cena. Hacía once días que su madre había muerto y nueve que ella había vuelto al departamento para ordenar sus cosas. Su hermano insistía en que debía contestar. Tal vez era el banco, una vecina o alguien que todavía no sabía. Elena prefería pensar que el aparato se había quedado con una costumbre de su madre.

Al jueves siguiente apareció una bolsa de mandarinas frente a la puerta. Tenía una nota: «Para que no cenes otra vez pan». La había dejado Rafael, su exmarido, que vivía a tres calles. Se habían separado sin gritos, como quien deja de regar una planta porque cree que ya está seca. Desde entonces él le ofrecía ayuda y ella respondía que podía sola. No era una mentira, pero tampoco era toda la verdad.

Esa tarde, mientras buscaba un cuchillo, Elena encontró el calendario de su madre. Todos los jueves había un pequeño teléfono dibujado junto al nombre de Julia. No conocía a ninguna Julia. Recordó entonces una discusión antigua: su madre quería ayudar a una desconocida y Elena le había dicho que siempre estaba resolviendo vidas ajenas. Ahora le dio vergüenza la facilidad con que había pronunciado aquella frase.

A las siete levantó el auricular. Una mujer preguntó si era buen momento para leer. Elena abrió la boca para explicar lo ocurrido, pero la mujer ya buscaba una página. «Hoy llegamos a la parte del jardín», dijo. Su voz era frágil y, sin embargo, alegre. Elena escuchó cuatro párrafos sobre una niña que encontraba una llave. Después la lectura se interrumpió. «¿Está muy cansada, Marta? Hoy casi no me ha corregido».

Elena tuvo que decirlo. Del otro lado no hubo llanto inmediato, sino el ruido de unas hojas al cerrarse. Julia era una vecina de su madre de muchos años atrás. Había aprendido a leer de adulta y todavía se avergonzaba de equivocarse frente a otras personas. Marta la escuchaba por teléfono desde que Julia se había mudado con su hija. Ni una ni otra habían querido convertir aquello en un acto heroico. Era simplemente su cita de los jueves.

«Perdón por molestar», murmuró Julia. Esa disculpa hizo que Elena se sentara. Su madre había muerto; Julia había perdido a su oyente; ninguna de las dos estaba molestando. Le pidió que no colgara. Buscó en las cajas un ejemplar del libro y no lo encontró. Julia le dijo que no hacía falta: podía escuchar sin seguir las palabras. Así que leyeron hasta que la niña abrió una puerta, y Elena, por primera vez en días, dejó de vigilar el reloj.

Cuando terminó la llamada, Rafael esperaba en el pasillo con dos recipientes de sopa. Había tocado y, al oírla hablar, había decidido no interrumpir. Elena le abrió antes de que pudiera irse. Él no preguntó si estaba bien. Le pidió una cuchara. Comieron en la cocina, entre cajas abiertas, y ella le contó lo de Julia. Rafael recordó a Marta corrigiéndole con suavidad los mensajes que escribía cuando empezó su primer trabajo.

Elena estuvo a punto de decir que podían volver a intentarlo. Se detuvo. No quería confundir el miedo a quedarse sola con el deseo de compartir la vida. En cambio, le preguntó si podían caminar juntos el sábado, sin hablar de mudanzas ni de promesas. Rafael sonrió de una manera que ella creía olvidada. Aceptó y guardó los recipientes vacíos, sin aprovechar la invitación para pedir nada más.

Al jueves siguiente, Elena llegó temprano con un libro comprado de segunda mano. No era el mismo de Julia, pero contenía el jardín y la llave. A las siete sonó el teléfono. Lo dejó sonar una vez, solo lo necesario para respirar. Luego contestó. Más tarde caminaría con Rafael otra vez. Algunas decisiones, comprendió, no empezaban con una declaración enorme. Empezaban haciendo sitio en una tarde y quedándose a escuchar.

Este relato es una obra de ficción. Sus personajes y situaciones son imaginarios.