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RELATO DE FICCIÓN

La carta bajo el mantel

Al preparar una comida familiar, Inés encuentra una carta que parece anunciar una despedida. La persona que la escribió tiene otros planes.

4 min de lecturaHistoria original
Una mujer descubre una carta bajo un mantel, junto a pinceles y una acuarela.
Ilustración original para «La carta bajo el mantel».

Inés levantó el mantel para sacudir las migas y encontró un sobre pegado con cinta a la madera. Llevaba su nombre, escrito con la letra inclinada de su marido. No tenía fecha. La mesa había pertenecido a la abuela de Tomás y llevaba veinte años en el comedor. Inés pensó primero en una cuenta escondida; después, al sentir el papel grueso, en algo mucho peor.

Abrió el sobre de pie. «Si estás leyendo esto, es porque por fin te decidiste a mover la mesa», empezaba. Las siguientes líneas hablaban del miedo, del tiempo perdido y de una vida que no debía seguir esperando. Inés se sentó. Hacía meses que Tomás regresaba tarde de trabajar y que ambos conversaban como encargados de una casa: gas, compras, recibos, la visita de los hijos. La palabra despedida no aparecía, pero ella la vio en cada espacio.

Aquella noche iban a comer con sus dos hijas. Una acababa de terminar la universidad; la otra había encontrado trabajo lejos. Inés había preparado arroz con verduras y el pastel que siempre pedían. Dejó la carta junto al plato de Tomás y siguió cocinando con una concentración feroz. Cuando él llegó con flores del mercado, ella pensó que la culpa tenía un sentido del humor cruel.

Tomás reconoció el sobre y se quedó inmóvil. «No esperaba que lo encontraras hoy», dijo. Inés le pidió que no diera vueltas. Él miró la mesa, las flores y la olla abierta, como si buscara una salida entre las cosas conocidas. Entonces preguntó qué parte había leído. Inés comprendió que había dejado una hoja dentro del sobre. La sacó con las manos húmedas y tuvo que secarlas antes de continuar.

La segunda página era una lista: un curso de dibujo, una habitación con buena luz, dos mañanas libres por semana. Había también una cantidad de dinero y una fecha de hacía seis años. Inés lo recordó todo de golpe. Después de una operación, ella había dicho que, al recuperarse, convertiría el comedor en un pequeño taller. Tomás había escondido la carta como una sorpresa para cuando cambiaran los muebles. Nunca los habían cambiado.

«¿Y por qué no me lo dijiste?», preguntó. Él explicó que había esperado el momento adecuado y, después, había temido que el regalo pareciera un reproche. El dinero se había usado en una reparación urgente del techo. El curso había cerrado. A Inés le dolió menos esa suma perdida que los seis años de silencio. Los dos habían seguido esperando a que el otro pronunciara un deseo que conocían de memoria.

Las hijas llegaron durante la conversación y encontraron la cena sin servir. Inés estuvo a punto de guardar la carta y sonreír. En cambio, les contó lo que había pasado. La menor recordó que su madre dibujaba en la parte de atrás de las listas del supermercado. La mayor preguntó por qué hacía falta sacar la mesa. Era sólida, grande y recibía la luz de la ventana: quizá el taller ya tenía su mueble principal.

Comieron con el sobre en el centro, junto al pan. Nadie prometió cambiar de vida en una semana. Hablaron de horarios, de dinero disponible y del trabajo doméstico que Inés hacía sin que los demás lo vieran. Tomás se ofreció a cocinar dos noches y ella le dijo que no se trataba de ayudarla: había que repartirse una responsabilidad común. Él escuchó y anotó sus días en el calendario.

El domingo llevaron el aparador a la pared opuesta. Inés colocó una caja de lápices sobre la mesa y reservó una esquina para el frutero. Se inscribió en un taller del centro cultural, más modesto que el de la carta y a una distancia que podía recorrer a pie. La primera mañana dibujó el mantel doblado sobre una silla. Le salieron torcidas dos líneas y no las borró.

Semanas después, Tomás encontró un sobre bajo su taza. Dentro había un dibujo de las flores del mercado y una frase: «No esperemos otros seis años para decirnos las cosas». Inés no había pegado la carta debajo de nada. La dejó a la vista, donde él pudiera leerla antes de salir. Luego abrió la ventana y acercó la silla a la luz.

Este relato es una obra de ficción. Sus personajes y situaciones son imaginarios.